Sobrevolaban las gaviotas alrededor del estadio Regional de Wellington al tiempo que la ciudad echaba el cierre a la jornada, acaso algún sonido de sirena y barullo desde el aserradero con el puerto, ya a orillas del Pacífico. El estruendo, sin embargo, llegaría poco después, volcada la afición neozelandesa con el Mundial y, sobre todo, con el recital de España, un equipo que supo abrir las alas para echar a volar por más que lloviera de forma pertinaz, demasiado colmillo para una Costa Rica que ni la vio come.Aunque en los dos primeros saques desde el fondo las ticas trataron…